Después de darse cuenta que su
vida cíclica se arruinaba cada vez más y que las oportunidades en el amor se
habían acabado quizá para siempre. El contemplaba el reflejo de la luna llena
sobre el profundo lago donde deseaba ahogar sus amarguras y al mismo tiempo su
sed de sangre. Aun sabiendo que no era real, sumergía sus manos con anhelos de
tocarla. Lo hacia desde siempre, siempre la había deseado y ella siempre había
estado allí observando aquel hombre que la amaba, siempre ahí con un débil rayo
de luz iluminando su caminar y su lánguida cara blanca.
A ella no le gustaba la
soledad de la noche y aunque se vistiera de gala plateada no podía ocultar la
tristeza que invadía su aura. El también estaba solo en el mundo, su larga vida
le había servido para darse cuenta que es trágico amar a alguien que
evidentemente esta en tu universo pero a distancias imposibles de alcanzar.
Sabía también, que los sueños no siempre se realizan, que hay brechas
inimaginables y cosas inviables que dependen de factores externos sobre los
cuales no se puede imperar. Su vida inmortal nunca había sido dichosa, la
tragedia lo perseguía como una penumbra de la cual no podía desprenderse. A el
como a la luna tampoco le gustaba la noche pero solo en ella podía existir.
Miles de años bajo el mismo cielo se le hacían ya remotos, monótonos y amargos,
la noche no significaba nada y tampoco su vida. Se había cansado del
desconsuelo, de la desdicha, del desamor y sobre todo del vació el cual se
había convertido en su única compañía. Ahora por fin había decidido librarse y
aunque nunca pudiese consumar su amor lunático con lágrimas en los ojos le dijo
adiós; esperó la llegada del sol y con esta su tan anhelada muerte.

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